viernes, 4 de septiembre de 2026

Senador de EEUU exige a Hegseth rendir cuentas por ataque a boda en Irán


Un senador demócrata estadounidense exigió una investigación completa y que los responsables rindan cuentas tras el ataque contra una ceremonia de boda en el sur de Irán.

Al referirse al ataque aéreo estadounidense contra la ciudad portuaria de Kuhestak, en el condado de Sirik, provincia sureña iraní de Hormozgán, el senador Van Hollen afirmó que “debe llevarse a cabo una investigación completa sobre este ataque y los responsables deben rendir cuentas. También debemos poner fin ahora mismo a esta guerra desastrosa”.

Asimismo, el senador estadounidense criticó el enfoque del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, respecto a las víctimas civiles en Irán.


“Hegseth considera las bajas civiles como un asunto secundario, reduce las fuerzas encargadas de prevenir estas bajas y se enorgullece de no tener ‘reglas estúpidas de enfrentamiento’”, escribió el jueves en la red social X.

Las declaraciones de Van Hollen se produjeron después de que un ataque aéreo estadounidense contra un edificio residencial donde se celebraba una boda en Kuhestak dejara al menos cinco muertos y 68 heridos.



Los asistentes se habían congregado en la vivienda de la familia Mallahi y en los edificios circundantes para celebrar la boda de una joven pareja.

Según testigos, la zona destinada a las mujeres estaba llena de invitados en el momento del ataque, por lo que mujeres y niños representaron una parte considerable de los heridos.


Mientras las autoridades estadounidenses intentan desviar la atención sobre el ataque, el diario The New York Times informó de que, tras examinar los restos del armamento en el lugar, se determinó que correspondían a componentes de una bomba guiada, un tipo de munición utilizado por el Comando Central de Estados Unidos y que las fuerzas iraníes no emplean.


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¿Puede una simple fotografía familiar ocultar una de las realidades más crueles y humillantes del siglo veinte?



¿Puede una simple fotografía familiar ocultar una de las realidades más crueles y humillantes del siglo veinte? 

La imagen que tienes ante ti es un documento histórico escalofriante: una familia blanca posando en su sala de estar en Johannesburgo, Sudáfrica, en el año 1989, mientras su empleada doméstica negra aparece arrodillada en el suelo. 

A primera vista, la desconcertante sonrisa de la madre y la niña contrasta brutalmente con la sumisión forzada de la trabajadora, capturando a la perfección la esencia del Apartheid, el estricto sistema de segregación racial legalizada que desgarró al país africano durante casi cinco décadas.

Para entender el inmenso impacto visual de esta escena, debemos situarnos en el año 1989. Sudáfrica se encontraba en un punto de ebullición absoluto y al borde de una guerra civil. 

El régimen del Apartheid imponía por ley que la mayoría de la población negra no tenía derechos políticos, no podía votar, no podía caminar libremente por áreas blancas sin un pase especial y estaba destinada a trabajos de servidumbre con salarios miserables. 

Las trabajadoras domésticas, conocidas despectivamente como maids, a menudo vivían en pequeñas habitaciones en los patios traseros de sus empleadores, separadas de sus propios hijos por meses enteros, y eran obligadas a mostrar una subordinación absoluta que quedaba retratada en gestos tan inhumanos como el de no permitirles sentarse en los mismos muebles que los dueños de casa.

El montaje digital añade un elemento clave en el círculo superior izquierdo: el rostro de Nelson Mandela, el líder revolucionario que en ese preciso año aún cumplía su condena de veintisiete años en prisión por luchar contra esta tiranía. 

La inclusión de Mandela no es casualidad; 1989 fue el último año de su cautiverio, ya que sería liberado pocos meses después, en febrero de 1990, desatando el colapso definitivo del sistema segregacionista.

Esta impactante imagen funciona como el contraste perfecto entre la opresión cotidiana que sufrían millones de personas y la figura de un hombre que se convirtió en el símbolo mundial de la libertad y la Reconciliación.

Hoy en día, ver este retrato en las plataformas digitales genera un debate masivo y visceral. 
Nos recuerda que las mayores monstruosidades de la historia no siempre se cometieron en campos de batalla alejados, sino en la aparente normalidad de un hogar, normalizando la desigualdad extrema como si fuera parte del paisaje. 

Es una joya de archivo indispensable para comprender que la libertad y la igualdad de derechos nunca deben darse por sentadas, y que el pasado nos observa fijamente para recordarnos el precio de la dignidad humana


MADURO: UNA DETENCIÓN QUE PONE EN JAQUE AL DERECHO INTERNACIONAL

 



MADURO: UNA DETENCIÓN QUE PONE EN JAQUE AL DERECHO INTERNACIONAL 

Se puede cuestionar a Nicolás Maduro, criticar su gobierno y exigir cuentas por sus decisiones. Pero ninguna diferencia política concede a una potencia extranjera el derecho de invadir una nación, capturar a su presidente y trasladarlo por la fuerza para juzgarlo bajo sus propias leyes. 

Lo ocurrido no puede normalizarse ni disfrazarse de justicia. Cuando un Estado se arroga la facultad de irrumpir militarmente en otro país y secuestrar a quien considera su adversario, no está defendiendo la democracia: está imponiendo la ley del más fuerte. 

Hoy fue Venezuela. Mañana podría ser cualquier nación cuyo gobierno incomode a Washington. Si aceptamos que la fuerza sustituya al derecho internacional, la soberanía de nuestros pueblos se convertirá en una concesión revocable del imperio. 

La justicia verdadera requiere pruebas, tribunales competentes, debido proceso y respeto a la autodeterminación. No bombardeos, operaciones militares ni capturas extraterritoriales. 

Defender la libertad y el derecho de Maduro a un juicio legítimo no significa aprobar cada una de sus decisiones. Significa defender un principio elemental: ningún país es dueño del mundo ni puede actuar como policía, fiscal y juez de los demás. 

Maduro debe ser liberado y cualquier acusación en su contra deberá resolverse mediante los mecanismos reconocidos por el derecho internacional. Porque la soberanía no se negocia y la justicia impuesta por las armas tiene otro nombre: imperialismo. 

Dr. José Cuauhtémoc Cervantes Aceves


domingo, 30 de agosto de 2026

Momčilo Gavrić tenía ocho años cuando regresó a su casa y encontró que su infancia había terminado.

 

Datos Históricos

n͏o͏r͏e͏d͏p͏o͏s͏S͏t͏1͏i͏c͏5͏c͏u͏2͏2͏h͏2͏7͏9͏8͏2͏f͏0͏3͏8͏5͏3͏1͏i͏2͏g͏i͏m͏2͏1͏u͏3͏0͏ ͏1͏h͏u͏t͏h͏f͏t͏g͏f͏4͏g͏0͏i͏6͏i͏6͏2͏0͏ ·


Momčilo Gavrić tenía ocho años cuando regresó a su casa y encontró que su infancia había terminado.
Era agosto de 1914.

Había nacido en Trbušnica, cerca de Loznica, en Serbia. Su padre lo había enviado a buscar una carreta a casa de un tío.

Ese encargo le salvó la vida.

Cuando volvió, soldados austrohúngaros habían matado a su padre, a su madre, a su abuela, a tres hermanas y a cuatro hermanos.

La casa había sido incendiada.

Momčilo quedó solo.

Caminó por las laderas del monte Gučevo buscando soldados serbios hasta encontrar una unidad de artillería de la División Drina.

El mayor Stevan Tucović escuchó lo ocurrido.

Decidió quedarse con él.

Uno de los soldados recibió la tarea de cuidarlo. Otro le confeccionó un pequeño uniforme utilizando restos de prendas militares.

Momčilo pasó a ser conocido como “el hijo de la División Drina”.

Según el relato que su familia conservó posteriormente, aquella misma noche mostró a los soldados dónde se encontraban los hombres responsables del ataque contra su familia.

La artillería abrió fuego.

Después de la batalla de Cer, el niño recibió el rango de cabo.
Tenía apenas ocho o nueve años.

Pero la guerra todavía tenía mucho preparado para él.

En 1915 acompañó al ejército serbio durante la terrible retirada a través de Albania.
Miles de soldados y civiles murieron de hambre, frío y agotamiento.

Momčilo sobrevivió.

Tras ser evacuado a Corfú recibió un uniforme completo y continuó junto a su unidad.
También volvió a la escuela.

Durante un periodo fue enviado a recibir educación primaria, pero regresó después con los soldados.

Estuvo en el frente de Salónica.
         
Combatió en Kajmakčalan.

Fue herido varias veces.

En 1917, el mariscal Živojin Mišić visitó las posiciones y quedó sorprendido al encontrar a un niño uniformado entre los soldados.

Cuando le explicaron que Momčilo llevaba con ellos desde 1914, decidió ascenderlo nuevamente.

Con unos once años se convirtió en suboficial.

Continuó con la unidad hasta el final de la guerra y participó en el avance que liberó Serbia.
Cuando otros niños de su edad apenas comenzaban la escuela secundaria, Momčilo ya había sobrevivido a cuatro años de guerra.

Después llegó algo completamente distinto.

Fue enviado a Inglaterra, donde organizaciones británicas ayudaban a educar a huérfanos serbios.
Pasó varios años estudiando allí.

Luego regresó a su país.

Vivió hasta 1993.

Durante décadas habló poco de lo ocurrido y buena parte de su historia terminó siendo conocida gracias a testimonios posteriores, documentos militares y relatos de su familia.

La fotografía del pequeño soldado sigue resultando difícil de mirar sin contexto.

El uniforme parece demasiado grande.

El rostro, demasiado joven.

Y precisamente ahí está la parte esencial de su historia.

Momčilo Gavrić no fue extraordinario porque un niño perteneciera a un ejército.

Fue extraordinario porque una guerra destruyó su familia, le arrebató la infancia y lo dejó buscando entre soldados el único lugar donde todavía podía sentirse protegido.

A los ocho años no eligió una carrera militar.