martes, 8 de septiembre de 2026

Weidel: el manual de la ultraderecha que predica lo que no practica


Alice Weidel encarna las contradicciones de una ultraderecha que defiende la familia tradicional y rechaza la inmigración mientras su propia vida contradice ese discurso político de fondo.

Por Alberto García Watson

Sajonia-Anhalt acaba de darle a la AfD un resultado histórico en Alemania. Su líder es lesbiana, vive con una mujer nacida en Sri Lanka y cría con ella a dos hijos adoptados. Bienvenidos al manual de instrucciones de la nueva extrema derecha: predica lo que le conviene, vive lo que le da la gana.

Un 44% construido sobre el miedo

Este domingo la Alternativa para Alemania (AfD) arrasó en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con un resultado en torno al 44%, duplicando su representación parlamentaria. Alice Weidel, copresidenta federal del partido, lo celebró como un mandato "histórico" y ya avisa de que quiere tumbar al canciller Friedrich Merz antes de Navidad. La fórmula que ha llevado a la AfD hasta ahí es exactamente la misma que ha llevado a Vox a sacar tajada política de cada barcaza que llega a Ceuta o Canarias: convertir la inmigración en el chivo expiatorio de la precariedad, el abandono rural y la falta de médicos en los pueblos del este alemán. El miedo, una vez más, como programa de gobierno.

Hasta aquí, guion conocido. Lo interesante, lo insoportablemente irónico, es quién firma ese guion.

La señora del "papá y mamá" que no tiene ni papá ni mamá en casa

El programa de la AfD defiende sin matices la "familia tradicional": un padre, una madre, hijos biológicos, la nación como comunidad étnica y cultural homogénea. Su portavoz estrella para ese ideario es una mujer que convive desde hace más de una década con Sarah Bossard, productora audiovisual nacida en Sri Lanka y adoptada de niña por una familia suiza. Juntas crían a dos hijos, concebidos mediante donación de esperma y no biológicos de ninguna de las dos, en Einsiedeln, Suiza.

Es decir: la principal defensora pública de que "los niños necesitan un padre y una madre" y de que la ideología de género es una amenaza para el país, ha construido su propia familia exactamente sobre lo que su partido quiere prohibirle al resto. Dos madres, sin vínculo biológico con sus hijos, en un hogar donde, según ha explicado la propia Weidel, es la pareja, practicante cristiana, quien lleva la educación religiosa de los niños. La excepción que se concede a sí misma la ultraderecha siempre es la misma: las normas son para el rebaño, no para la pastora.

Cierra la puerta a la inmigración... con su mujer dentro de casa

La AfD pide fronteras cerradas, "remigración" masiva de personas con antecedentes migratorios y un país donde la "cultura dominante" sea, sin discusión, la alemana. Weidel misma llegó a afirmar en su día que el hiyab "no pertenece a Alemania". Y sin embargo, su compañera de vida es una mujer racializada, nacida en un país del sur global, adoptada en la infancia, con una biografía que en el discurso de su propio partido sonaría a "inmigración descontrolada" si la protagonizara cualquier otra familia sin apellido político.

No hace falta ser muy sutil para verlo: la retórica de la "invasión migratoria" no se sostiene ni dentro de la propia casa de quien la pronuncia. Cuando la extrema derecha habla de "los otros", nunca se refiere a los otros que le convienen, le producen cine o le calientan la cama. Se refiere a los otros pobres, a los que llegan en patera o en autobús, a los que no tienen currículum de Goldman Sachs ni pasaporte suizo de reserva. La xenofobia de salón siempre tiene una excepción con nombre y apellido, y normalmente duerme en la misma cama que quien la ejerce.

La patriota que vive al otro lado de la frontera

Y hay una contradicción más, quizá la más reveladora de todas por lo prosaica que es: Weidel construye su discurso político sobre la soberanía nacional, la identidad alemana y el "nosotros primero", pero pasa la mayor parte del año con su familia en Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz. Su domicilio oficial está registrado en Überlingen, un municipio alemán justo al otro lado de la frontera con Suiza, dentro de su propio distrito electoral, aunque según han recogido varios medios los vecinos del lugar aseguran no haberla visto jamás por allí, salvo en las papeletas. Cuando se le pregunta por el asunto, a la propia Weidel no parece hacerle ninguna gracia.

Resumiendo: la mujer que pide a los alemanes de a pie que antepongan la patria a todo lo demás organiza su vida, su domicilio y según ha trascendido, buena parte de su fiscalidad al otro lado de la raya, en un país que ni siquiera pertenece a la Unión Europea. El nacionalismo, una vez más, como discurso de exportación y no como forma de vida.

Neonazis con la bandera de Israel en la mano

Y llegamos a la contradicción que estas familias políticas europeas comparten en bloque, de Sajonia a Vox, pasando por Le Pen o Wilders: partidos con dirigentes que blanquean a las SS, como hizo el ex eurodiputado de la AfD Maximilian Krah al decir que no todo miembro de esa organización nazi fue un criminal de guerra, se presentan al mismo tiempo como los mejores aliados de Israel en el continente. Organizaciones judías alemanas han descrito a la AfD como un partido plagado de antisemitas; el propio servicio de inteligencia interior alemán vigila al partido por extremismo. Y aun así, buena parte de su cúpula se ha esforzado por vender una imagen filo israelí ante la comunidad internacional.

No es casualidad, es estrategia: enarbolar la causa de Israel les permite maquillar de "defensa de la civilización occidental frente al islam" lo que en realidad es islamofobia pura y dura, y de paso desviar la atención de su propio pasado antisemita. El mismo truco que usan Meloni, Le Pen o Abascal cuando se fotografían con Netanyahu mientras en sus filas conviven nostálgicos de estéticas totalitarias que jamás habrían tolerado a un judío en la Alemania que añoran.

El mismo guion, con acento español

Cambien Sajonia-Anhalt por Ceuta, cambien a Weidel por Abascal, y el manual es idéntico: se agita el miedo a que "nos invadan", se prometen fronteras infranqueables y deportaciones masivas, se recita el mantra de la familia, la patria y la tradición cristiana... y luego, en la vida real de quienes lideran ese discurso, aparecen matrimonios homosexuales, hijos adoptados de otro continente, empresas radicadas en paraísos fiscales, currículums construidos en la globalización que dicen combatir. La ultraderecha no es hipócrita por accidente: la hipocresía es el mecanismo que le permite venderle al electorado más golpeado por la desigualdad un enemigo falso, el migrante, el musulmán, el "otro" mientras protege intactos los privilegios reales de sus propias élites.

Alice Weidel puede seguir subiendo en las encuestas. Pero cada vez que suba a un escenario a hablar de "familia tradicional" con su mujer y sus hijos esperándola en casa en Suiza, valdría la pena recordarle a quien la vote que el cuento que cuenta no es el que vive. Y que, como toda la ultraderecha europea, necesita que millones de personas voten en contra de sus propios intereses para poder seguir viviendo exactamente como le da la gana.




Reportero y analista internacional freelance en Oriente Medio. Con base en Beirut (capital de El Líbano), colaborando actualmente con HispanTV, Press TV, Al Etejahtv, Al Sahartv, Telesur y la Republica.es

viernes, 4 de septiembre de 2026

Senador de EEUU exige a Hegseth rendir cuentas por ataque a boda en Irán


Un senador demócrata estadounidense exigió una investigación completa y que los responsables rindan cuentas tras el ataque contra una ceremonia de boda en el sur de Irán.

Al referirse al ataque aéreo estadounidense contra la ciudad portuaria de Kuhestak, en el condado de Sirik, provincia sureña iraní de Hormozgán, el senador Van Hollen afirmó que “debe llevarse a cabo una investigación completa sobre este ataque y los responsables deben rendir cuentas. También debemos poner fin ahora mismo a esta guerra desastrosa”.

Asimismo, el senador estadounidense criticó el enfoque del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, respecto a las víctimas civiles en Irán.


“Hegseth considera las bajas civiles como un asunto secundario, reduce las fuerzas encargadas de prevenir estas bajas y se enorgullece de no tener ‘reglas estúpidas de enfrentamiento’”, escribió el jueves en la red social X.

Las declaraciones de Van Hollen se produjeron después de que un ataque aéreo estadounidense contra un edificio residencial donde se celebraba una boda en Kuhestak dejara al menos cinco muertos y 68 heridos.



Los asistentes se habían congregado en la vivienda de la familia Mallahi y en los edificios circundantes para celebrar la boda de una joven pareja.

Según testigos, la zona destinada a las mujeres estaba llena de invitados en el momento del ataque, por lo que mujeres y niños representaron una parte considerable de los heridos.


Mientras las autoridades estadounidenses intentan desviar la atención sobre el ataque, el diario The New York Times informó de que, tras examinar los restos del armamento en el lugar, se determinó que correspondían a componentes de una bomba guiada, un tipo de munición utilizado por el Comando Central de Estados Unidos y que las fuerzas iraníes no emplean.


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¿Puede una simple fotografía familiar ocultar una de las realidades más crueles y humillantes del siglo veinte?



¿Puede una simple fotografía familiar ocultar una de las realidades más crueles y humillantes del siglo veinte? 

La imagen que tienes ante ti es un documento histórico escalofriante: una familia blanca posando en su sala de estar en Johannesburgo, Sudáfrica, en el año 1989, mientras su empleada doméstica negra aparece arrodillada en el suelo. 

A primera vista, la desconcertante sonrisa de la madre y la niña contrasta brutalmente con la sumisión forzada de la trabajadora, capturando a la perfección la esencia del Apartheid, el estricto sistema de segregación racial legalizada que desgarró al país africano durante casi cinco décadas.

Para entender el inmenso impacto visual de esta escena, debemos situarnos en el año 1989. Sudáfrica se encontraba en un punto de ebullición absoluto y al borde de una guerra civil. 

El régimen del Apartheid imponía por ley que la mayoría de la población negra no tenía derechos políticos, no podía votar, no podía caminar libremente por áreas blancas sin un pase especial y estaba destinada a trabajos de servidumbre con salarios miserables. 

Las trabajadoras domésticas, conocidas despectivamente como maids, a menudo vivían en pequeñas habitaciones en los patios traseros de sus empleadores, separadas de sus propios hijos por meses enteros, y eran obligadas a mostrar una subordinación absoluta que quedaba retratada en gestos tan inhumanos como el de no permitirles sentarse en los mismos muebles que los dueños de casa.

El montaje digital añade un elemento clave en el círculo superior izquierdo: el rostro de Nelson Mandela, el líder revolucionario que en ese preciso año aún cumplía su condena de veintisiete años en prisión por luchar contra esta tiranía. 

La inclusión de Mandela no es casualidad; 1989 fue el último año de su cautiverio, ya que sería liberado pocos meses después, en febrero de 1990, desatando el colapso definitivo del sistema segregacionista.

Esta impactante imagen funciona como el contraste perfecto entre la opresión cotidiana que sufrían millones de personas y la figura de un hombre que se convirtió en el símbolo mundial de la libertad y la Reconciliación.

Hoy en día, ver este retrato en las plataformas digitales genera un debate masivo y visceral. 
Nos recuerda que las mayores monstruosidades de la historia no siempre se cometieron en campos de batalla alejados, sino en la aparente normalidad de un hogar, normalizando la desigualdad extrema como si fuera parte del paisaje. 

Es una joya de archivo indispensable para comprender que la libertad y la igualdad de derechos nunca deben darse por sentadas, y que el pasado nos observa fijamente para recordarnos el precio de la dignidad humana


MADURO: UNA DETENCIÓN QUE PONE EN JAQUE AL DERECHO INTERNACIONAL

 



MADURO: UNA DETENCIÓN QUE PONE EN JAQUE AL DERECHO INTERNACIONAL 

Se puede cuestionar a Nicolás Maduro, criticar su gobierno y exigir cuentas por sus decisiones. Pero ninguna diferencia política concede a una potencia extranjera el derecho de invadir una nación, capturar a su presidente y trasladarlo por la fuerza para juzgarlo bajo sus propias leyes. 

Lo ocurrido no puede normalizarse ni disfrazarse de justicia. Cuando un Estado se arroga la facultad de irrumpir militarmente en otro país y secuestrar a quien considera su adversario, no está defendiendo la democracia: está imponiendo la ley del más fuerte. 

Hoy fue Venezuela. Mañana podría ser cualquier nación cuyo gobierno incomode a Washington. Si aceptamos que la fuerza sustituya al derecho internacional, la soberanía de nuestros pueblos se convertirá en una concesión revocable del imperio. 

La justicia verdadera requiere pruebas, tribunales competentes, debido proceso y respeto a la autodeterminación. No bombardeos, operaciones militares ni capturas extraterritoriales. 

Defender la libertad y el derecho de Maduro a un juicio legítimo no significa aprobar cada una de sus decisiones. Significa defender un principio elemental: ningún país es dueño del mundo ni puede actuar como policía, fiscal y juez de los demás. 

Maduro debe ser liberado y cualquier acusación en su contra deberá resolverse mediante los mecanismos reconocidos por el derecho internacional. Porque la soberanía no se negocia y la justicia impuesta por las armas tiene otro nombre: imperialismo. 

Dr. José Cuauhtémoc Cervantes Aceves