domingo, 12 de abril de 2026

Diálogo en Pakistán se rompe ante el intento de EEUU de preservar lo perdido en la guerra


Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán celebradas en Islamabad terminaron sin acuerdo. La declaración del vicepresidente J.D. Vance fue breve: "No hemos llegado a un acuerdo porque Irán no ha aceptado nuestras condiciones".

Por Xavier Villar

La frase merece atención por lo que presupone. Contiene una afirmación de centralidad discursiva que la configuración material de poder en la región ya no sostiene de manera evidente. El fracaso interesa menos que la persistencia de un lenguaje que sitúa a Washington como el actor que formula condiciones y a Teherán como el que debe aceptarlas o rechazarlas. Esta gramática pertenece a un orden que la guerra reciente contribuyó a desestabilizar, aunque en Washington se siga reproduciendo con notable inercia.

Estados Unidos llegó a Islamabad con una lista de exigencias: límites estrictos al enriquecimiento de uranio, acceso irrestricto al Estrecho de Ormuz, restricciones verificables a las capacidades balísticas. Irán llegó con otra lectura del momento. La delegación iraní actuó con la convicción de haber atravesado lo peor y conservado tanto la cohesión interna como la capacidad de proyección regional. Esta divergencia perceptual excede el desacuerdo sobre datos. Es en esa brecha interpretativa donde se inscribe el fracaso.

La formulación de Vance, "nuestras condiciones", asume una jerarquía. Presupone que existe un actor con la prerrogativa de establecer los términos del acuerdo y otro cuya función es aceptarlos, rechazarlos o negociar en los márgenes. Durante décadas esta asunción correspondió a una realidad: Estados Unidos disponía de la capacidad material para imponer costes insoportables a quienes no se acomodaran a sus preferencias. La superioridad militar era abrumadora, las sanciones funcionaban como instrumento de estrangulamiento económico, y la red de alianzas regionales garantizaba el aislamiento de los “regímenes díscolos”. En ese contexto, hablar de "condiciones" expresaba una asimetría de poder verificable. Persistir en ese lenguaje cuando las condiciones han cambiado revela menos fortaleza que incapacidad de ajuste.

La guerra reciente alteró esa ecuación. Teherán demostró que puede absorber niveles considerables de daño sin colapsar y puede, además, responder de maneras que afectan intereses estadounidenses y de sus aliados en múltiples teatros simultáneamente. Irán resistió oleadas de ataques, mantuvo la estabilidad interna, desplegó capacidades de respuesta contra infraestructuras críticas en países del Golfo, y evitó el desmoronamiento que muchos analistas habían anticipado. El balance de poder material permanece desigual, Estados Unidos conserva una superioridad militar convencional evidente, pero su capacidad para traducir esa superioridad en resultados políticos favorables se ha erosionado de manera visible.

Washington se resiste a incorporar esa erosión en su discurso negociador. Reconocerla implicaría reformular el lenguaje: términos mutuamente aceptables en lugar de condiciones unilaterales, reciprocidad en lugar de cumplimiento. Tal reformulación tendría costes simbólicos que exceden lo meramente lingüístico. El lenguaje estructura posiciones estratégicas. La manera en que un actor articula su lugar en el sistema afecta cómo justifica sus políticas internamente y cómo es percibido externamente. Abandonar la gramática de la hegemonía constituye, en sí mismo, una concesión que Washington parece decidido a evitar, incluso a costa de hacer inviables sus propias propuestas.

Estados Unidos operaba en Islamabad bajo el supuesto de que la presión sostenida había debilitado a Irán lo suficiente como para forzar concesiones significativas. El supuesto tiene fundamento empírico: las sanciones han causado daños graves a la economía iraní, las operaciones militares impusieron costes materiales considerables. Teherán lee estos mismos hechos de manera diferente. Desde su perspectiva, la guerra se ha ganado y, por lo tanto, sería el otro lado el que tendría que aceptar las condiciones impuestas por Irán, en concreto el control sobre el Estrecho de Ormuz y la capacidad de enriquecer uranio.

Esta divergencia perceptual es estructural. Las negociaciones están determinadas tanto por correlaciones objetivas de fuerza como por la percepción que cada parte tiene de su propia posición y de la del adversario. Irán llegó a Islamabad habiendo concluido que cruzó un umbral, el que separa la vulnerabilidad existencial de la sostenibilidad bajo presión. Esa convicción estructura su comportamiento. Washington interpretó la disposición iraní a negociar como señal de debilidad inminente. Teherán, en cambio, calcula que puede obtener mejores términos ahora, tras haber demostrado capacidad de resistencia, que si hubiera negociado antes del conflicto. Esta asimetría perceptual hacía difícil cualquier convergencia.

Las condiciones presentadas por Estados Unidos eran, desde cualquier lectura realista, inasumibles. Limitar el enriquecimiento de uranio a niveles que eliminarían toda capacidad de umbral nuclear; garantizar acceso irrestricto al Estrecho de Ormuz, renunciando a la herramienta de disuasión asimétrica verdaderamente eficaz de que dispone Irán; desmantelar programas balísticos que constituyen el eje de su defensa convencional. En conjunto, estas demandas configuraban condiciones cercanas a una capitulación. Washington las presentó como base plausible para la negociación. Esto sugiere dos posibilidades: los negociadores estadounidenses operaban bajo una lectura errónea de la posición iraní, o las demandas estaban concebidas para ser rechazadas, permitiendo atribuir la ruptura a la intransigencia de Teherán.

La Erosión del Centro
El punto nodal de un sistema regional se define tanto por capacidades materiales como por la habilidad de articular el lenguaje común, de establecer qué posiciones cuentan como razonables y cuáles como extremas. Durante décadas Estados Unidos desempeñó ese papel en Oriente Medio. Sus alianzas definían el campo de la legitimidad, sus adversarios eran marginales por definición, sus propuestas constituían el punto de partida natural para cualquier negociación seria. Cuando Vance dice "nuestras condiciones" y Teherán las rechaza sin sufrir consecuencias paralizantes inmediatas, algo se ha modificado. Irán carece de capacidad y probablemente de ambición para asumir el papel de centro, pero el centro mismo se ha vuelto difuso, contestado.

Reconocer esta reconfiguración implicaría para Washington costes simbólicos considerables. Significaría admitir que la presión militar sostenida, las sanciones devastadoras, el aislamiento diplomático, todo el arsenal de herramientas coercitivas desplegado durante años, no bastó para restaurar la jerarquía deseada. Aferrarse a una gramática que ya no corresponde a la realidad material genera sus propios problemas. Produce expectativas irrealistas, conduce a demandas que no pueden satisfacerse, erosiona la credibilidad del actor que las formula. Las "condiciones" estadounidenses corren el riesgo de volverse irrelevantes incluso para quienes alguna vez las tomaron en serio.

La declaración de Vance ilustra esta tensión. Formula el fracaso de Islamabad como problema de intransigencia iraní cuando en realidad refleja la renuencia estadounidense a ajustar su discurso a una realidad transformada. Vance preservó la ficción de que Washington retiene la prerrogativa unilateral de establecer términos al decir "porque Irán no aceptó nuestras condiciones" en lugar de reconocer que las posiciones resultaron incompatibles o que las concesiones necesarias excedían lo que ambas partes estaban dispuestas a ofrecer.

Esta preservación discursiva tiene consecuencias prácticas. Refuerza dentro de la administración la idea de que el problema es de presión insuficiente. Alimenta la lógica de que si Irán rechaza ahora será porque los costes impuestos no han sido todavía lo bastante severos, y que por tanto la respuesta adecuada es intensificar la presión. Esta lógica ignora que existe un límite a lo que la presión puede lograr cuando el adversario ha decidido que la supervivencia depende precisamente de la resistencia. Todo indica que Teherán llegó a esa conclusión.

Las opciones disponibles son todas problemáticas si Estados Unidos no modera sus exigencias e Irán, dada su estructura de poder interna y su narrativa de resistencia, no puede aceptarlas. Renovar las negociaciones bajo los mismos parámetros reproducirá la misma dinámica. Abandonar el proceso diplomático sin acuerdo proyecta debilidad precisamente cuando Washington busca restablecer su credibilidad disuasoria regional. La escalada militar, opción que algunos sectores defienden como necesaria, conlleva los riesgos más graves.

Una nueva campaña militar de alta intensidad contra Irán exigiría recursos, tiempo y voluntad política de los que Estados Unidos actualmente carece. Las operaciones terrestres a gran escala requerirían meses de preparación y movilización, con costes económicos y políticos internos difícilmente asumibles en año electoral. Ataques aéreos masivos contra infraestructura crítica iraní causarían daños significativos pero no producirían colapso, tal y como se ha visto durante estos cuarenta días. La experiencia reciente demuestra que Teherán puede absorber un castigo considerable y mantener cohesión y capacidad de respuesta. La respuesta sería casi con certeza multifacética y distribuida. Irán ha demostrado capacidad para operar directamente y a través de aliados en múltiples teatros: Líbano, Siria, Irak, Yemen, el Golfo Pérsico. Una escalada estadounidense desencadenaría probablemente una expansión horizontal del conflicto, con ataques contra intereses estadounidenses, israelíes y de Estados del Golfo en toda la región.

Factores políticos condicionan además la posición estadounidense y limitan su margen de maniobra. El próximo encuentro entre el presidente Trump y Xi Jinping concentra atención diplomática significativa. Las elecciones de medio término se aproximan, elevando el coste político de cualquier compromiso militar prolongado sin resultados claros. Estos factores temporales introducen una dimensión de urgencia asimétrica: Washington necesita resolver o al menos estabilizar la situación iraní dentro de una ventana temporal estrecha, mientras que Teherán puede permitirse esperar. La paciencia estratégica es uno de los pocos activos en los que Irán mantiene ventaja comparativa.

La capacidad estadounidense para sostener operaciones militares de gran escala está limitada además por compromisos existentes en otros teatros, por restricciones presupuestarias y por una opinión pública cansada de guerras en Oriente Medio que no producen resultados claros. Afganistán, Iraq, Siria dejaron un saldo de escepticismo profundo respecto a la viabilidad de soluciones militares en la región. Cualquier nueva campaña enfrentaría desde el inicio un déficit de credibilidad pública que complicaría su sostenimiento político.

El Desplazamiento No Reconocido
La guerra reciente demostró que Irán puede negar a Washington una victoria rápida y limpia. Puede transformar cualquier escalada en un conflicto prolongado, costoso, políticamente difícil de sostener, sin garantía de desenlace favorable. Esta capacidad de negación erosiona la centralidad discursiva que Washington disfrutaba. Esa erosión explica en parte la dificultad estadounidense para ajustar su lenguaje negociador. Hacerlo implicaría reconocer que la guerra confirmó el deterioro de la jerarquía en lugar de restaurarla.

Islamabad fracasó porque ambas partes operaban dentro de marcos perceptuales incompatibles sostenidos por lógicas discursivas contradictorias. Estados Unidos llegó asumiendo que conservaba la centralidad necesaria para imponer términos. Irán llegó habiendo concluido que esa centralidad se había erosionado lo suficiente como para permitirse el rechazo. Washington dispone aún de capacidades formidables y de una red de alianzas que ningún otro actor regional iguala. Teherán ha demostrado una resiliencia y una capacidad de negación estratégica que limitan la traducción de esas capacidades en resultados políticos favorables.

Llegar a un compromiso técnico sobre niveles de enriquecimiento o protocolos de navegación requeriría que Estados Unidos reconociera, aunque sea implícitamente, que ya no ocupa la posición desde la cual puede dictar términos unilateralmente. Ese reconocimiento tiene un coste político que Washington no está dispuesto a pagar. La declaración de Vance es sintomática de esta renuencia. Al formular el fracaso como resultado de la intransigencia iraní, preserva la ficción de la centralidad estadounidense.

Las ficciones tienen vida limitada cuando chocan repetidamente con realidades adversas. Las negociaciones seguirán fracasando mientras esa fantasía persista. Estados Unidos continúa exigiendo en la mesa de negociación lo que no pudo conseguir en el campo de batalla: la restauración de su centralidad indiscutida. La guerra desplazó a Estados Unidos del punto nodal discursivo que había ocupado durante décadas en Oriente Medio. Islamabad demostró que Washington aún no acepta ese desplazamiento. El callejón estratégico persistirá mientras Washington no acepte el desplazamiento o no logre revertirlo mediante medios que actualmente no están a su disposición. La declaración de Vance, en su brevedad, captura esta imposibilidad: Estados Unidos sigue hablando el lenguaje de la hegemonía en un momento en que la hegemonía misma se ha vuelto objeto de disputa.

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La clave del estrecho de Ormuz está en manos de Irán: asesor del líder

Una mujer pasa junto a una valla publicitaria gigante que dice "El estrecho de Ormuz permanece cerrado" en la Plaza de la Revolución en Teherán el 12 de abril de 2026. (Foto de AFP)

Ali Akbar Velayati, asesor principal del Líder de la Revolución Islámica, afirma que la clave del estrecho de Ormuz sigue estando en manos de Irán, en su capacidad para salvaguardar la seguridad del país y repeler a las fuerzas extrarregionales.

“La historia de la diplomacia iraní, desde Erzurum hasta las negociaciones de Islamabad, se basa en un único principio: 'Salvaguardar nuestro querido Irán'”, escribió Velayati en una publicación en su cuenta X el domingo.

Añadió que, así como el estrecho de Abu al-Hayat siempre ha sido un símbolo de repeler a los extranjeros en el corazón del territorio iraní, "la llave del 'estrecho de Ormuz' está hoy en nuestras capaces manos".

Estas declaraciones se producen después de que 21 horas de negociaciones entre Irán y Estados Unidos en Islamabad, Pakistán, concluyeran sin acuerdo.

El presidente del Parlamento, Mohammad-Baqer Qalibaf, declaró el domingo que Washington no logró ganarse la confianza de Teherán durante las negociaciones.

“Mis colegas plantearon iniciativas con visión de futuro, pero la parte contraria finalmente no logró ganarse la confianza de la delegación iraní en esta ronda de negociaciones”, añadió.

Según afirmó, Teherán no escatimará esfuerzos para consolidar los logros de la campaña de defensa nacional de Irán, que duró 40 días.



Las conversaciones se produjeron tras una guerra de agresión de 40 días llevada a cabo por el eje estadounidense-israelí contra la República Islámica, que se interrumpió después de que Estados Unidos aceptara la propuesta de Irán de un alto el fuego permanente.

Durante la guerra, las fuerzas armadas iraníes lanzaron 100 oleadas de ataques de represalia exitosos contra objetivos estadounidenses e israelíes estratégicos y de gran importancia en toda la región.

También bloquearon el estrecho de Ormuz a los buques petroleros y gaseros afiliados a los adversarios y a aquellos que cooperaban con ellos, en un intento por mantener la seguridad en esta vía marítima estratégica.




Abbas Araghchi: "¿Por qué insistimos en el enriquecimiento de uranio? "


- "¿Por qué hemos insistido —y seguimos insistiendo— tanto en el enriquecimiento (uranio)? ¿Por qué no estamos dispuestos a renunciar a ella, incluso si se nos impone la guerra? Porque nadie tiene derecho a decirnos lo que debemos o no debemos poseer. Esto se basa en el principio de rechazar la dominación (nefy-i sulte).

El enriquecimiento es mi derecho bajo las leyes, y si ejerzo ese derecho o no me concierne sólo a mí. La narrativa que nos han dicho durante años y todavía continúa—'No tienes derecho a enriquecerte; el enriquecimiento debe ser cero'... ¿Por qué? 'Porque estamos preocupados,' dicen.

Si te preocupa, estamos listos para abordar esas preocupaciones. ¿Hay alguna pregunta? Vamos a contestar. ¿Falta confianza? Vamos a crear confianza. Pero nadie tiene el derecho de decirnos: 'No puedes tener esto porque yo no quiero. ''

Este es el secreto de nuestro movimiento que ha persistido durante años; hemos insistido en nuestros propios derechos. El enriquecimiento es importante, pero aún más importante es probar que la República Islámica de Irán no recibe órdenes de nadie y no se somete a dominación alguna.

Si hay alguna pregunta o incertidumbre con respecto a los objetivos del programa nuclear pacífico de Irán, estamos listos para dar respuestas y disipar esa incertidumbre. El camino hacia eso es únicamente a través de la diplomacia. Han intentado otros caminos y no han llegado a ninguna parte.

Las negociaciones sólo llegarán a una conclusión cuando se reconozcan, respeten los derechos del pueblo iraní y podamos ejercer nuestro derecho. No estamos esperando a que nadie reconozca nuestro derecho; nuestro derecho ya es legítimo en sí mismo, nuestro derecho existe. Lo que queremos es nuestro derecho a ser respetados. "

( Syed M. Abbas)   "En mi opinión, esta declaración de Abbas Araghchi no es sólo una respuesta digna a los Estados Unidos, sino a la mentalidad condescendiente que han representado hacia nosotros los musulmanes durante casi un siglo. Esta respuesta es una declaración de que la era de tu intimidación y dictación de valores ha llegado a su fin. Si Irán emerge de esta guerra con su honor intacto, entonces —si Dios quiere— ni los Estados Unidos serán los viejos Estados Unidos, ni los musulmanes serán los viejos musulmanes".  


sábado, 11 de abril de 2026

Tras la victoria en la guerra, Irán busca consolidar sus logros, no ceder, en conversaciones de Islamabad


Las cruciales negociaciones que se desarrollan en Islamabad entre las delegaciones iraní y estadounidense no tienen precedentes diplomáticos entre ambas partes en décadas. En esta ocasión, el equilibrio de poder ha cambiado radicalmente tras la guerra de 40 días contra la República Islámica.

Por el equipo de análisis estratégico de Press TV

Las negociaciones ya no se centran en gestionar las tensiones ni en evitar la confrontación. Se trata de consolidar el poder militar y político de Irán tras la aplastante victoria en la reciente guerra, que concluyó con la aceptación por parte de Estados Unidos de la propuesta iraní de 10 puntos.

Las conversaciones, mediadas por Pakistán en Islamabad, tienen como objetivo cosechar los frutos de la resistencia popular y el creciente poder e influencia del país en múltiples ámbitos, incluidos la seguridad, la estrategia y la economía.

Desde la perspectiva de Teherán, el resultado de estas conversaciones debe incluir la consolidación de la autoridad legítima de Irán sobre el estrecho de Ormuz, la recepción de reparaciones de guerra, la liberación de sus activos congelados y el levantamiento de las sanciones primarias y secundarias ilegales.

Estas no son posiciones de negociación. Son los frutos de la resistencia que ahora deben cosecharse en la mesa de negociaciones, cuando ambas partes se reúnan nuevamente en la capital pakistaní.
Washington se vio obligado a unirse a las negociaciones.
Estados Unidos se vio obligado a entablar estas negociaciones tras la aplastante derrota militar y estratégica sufrida en la guerra de 40 días. Las opciones que Washington había mantenido sobre Irán durante décadas —amenazas militares, estrangulamiento económico, aislamiento político— han perdido su eficacia. Se han intentado, pero no han dado resultado.

Además, la evolución de las relaciones en la región y en el mundo sigue empeorando para Estados Unidos. Si Irán hubiera continuado sus ataques de represalia contra la infraestructura petrolera y energética de la región, la consiguiente crisis energética mundial habría generado graves problemas para Washington y sus aliados más cercanos.

En otras palabras, los estadounidenses no eligieron hablar. No les quedó otra opción.
La postura del vencedor
Irán decidió participar en estas negociaciones como el bando vencedor. El enemigo no logró ninguno de sus objetivos declarados. Irán no se derrumbó. No fue desmembrado. Al contrario, emergió más fuerte y decidido, con una victoria militar y el apoyo abrumador del pueblo.

El enemigo no logró acceder al uranio iraní. No pudo destruir la capacidad misilística de Irán. No se produjo ninguna ruptura entre el pueblo y el gobierno. Y el enemigo no consiguió orquestar un golpe de Estado interno, como el de enero.

Por el contrario, se impusieron nuevos costos a la maquinaria bélica estadounidense. Estos incluyen la profundización de las divisiones con Europa, la creciente desconfianza entre los países árabes aliados de Washington, una crisis de opinión pública dentro de Estados Unidos, una amplia oposición global a Estados Unidos y una grave derrota para la reputación del autodenominado “ejército más poderoso del mundo” a manos de Irán.

El cierre del estrecho de Ormuz a los buques estadounidenses y aliados, junto con una mayor cohesión dentro del Eje de la Resistencia en la región, agrava aún más los problemas del enemigo.

Dos fallos concretos destacan por encima de los demás. El primero fue el grave y humillante fracaso de la operación de infiltración en Isfahán, cuyo objetivo era acceder a las instalaciones y materiales nucleares de Irán y que acabó repitiéndose el tristemente célebre desastre de Tabas de 1980.

La segunda fue la importante derrota en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde una resolución antiraní impulsada por Baréin para forzar la apertura del estrecho de Ormuz fue vetada de facto por Rusia y China.

Irán no solo no fue derrotado en el campo de batalla, sino que demostró su alta capacidad para un enfrentamiento militar sostenido y exitoso, y al añadir capacidades nuevas y más efectivas, inclinó el campo de batalla militar a su favor.

Al demostrar la solidaridad popular con el gobierno, el Líder de la Revolución Islámica y las fuerzas armadas, al ejercer autoridad y control sobre el estrecho de Ormuz y al gestionar con éxito la opinión pública tanto a nivel nacional como internacional, Irán emergió como el bando victorioso a ojos de todos los observadores internacionales.
El silencio en el campo de batalla
Mientras tanto, la guerra continúa. Lo que ha ocurrido, en palabras del Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, es que, por ahora, el silencio ha prevalecido en el campo de batalla. Pero el silencio no es paz. Y un alto el fuego no es el final.

Para Irán, como vencedor de la guerra, la negociación representa una continuación del conflicto por otros medios, concretamente, para consolidar sus logros. Ninguna guerra puede prolongarse indefinidamente, pues es costosa y daña la infraestructura. Sin embargo, la evaluación establece una línea roja clara: si los logros de la guerra no se materializan mediante negociaciones, no quedará más remedio que continuar el conflicto.
¿Qué hace que estas charlas sean diferentes?
La diferencia entre estas negociaciones en Islamabad y las de años anteriores en Omán, Ginebra y otros lugares con los estadounidenses radica enteramente en la aplastante victoria de Irán.

En el pasado, si las negociaciones fracasaban, era por la constante amenaza de la opción militar. Los estadounidenses siempre podían recurrir a la amenaza del uso de la fuerza. Pero ahora, esa opción ha quedado desacreditada. Prácticamente ha sido descartada.

El enemigo se ha dado cuenta de dos cosas simultáneamente. Primero, su última opción —la militar— ya no es creíble. Segundo, ha reconocido la fuerza popular de la República Islámica, manifestada diariamente en multitudinarias protestas en todo el país. Estas dos constatizaciones han alterado radicalmente la naturaleza del encuentro diplomático.
Si no se aceptan las condiciones
La pregunta es: ¿qué ocurriría si las condiciones de Irán no se aceptaran en las conversaciones de Islamabad? En ese caso, Irán tendría mayor libertad para perseguir sus objetivos.

Dada la superioridad de Irán en el campo de batalla, es natural que, si se reanuda la agresión, Irán pueda infligir golpes más duros al enemigo y aumentar sus costes, como ya lo hizo en las últimas seis semanas de maneras que el enemigo no había previsto.

Dado que Estados Unidos ha agotado todas sus opciones, continuar la guerra significaría aumentar la influencia de Irán en futuras negociaciones y obtener mayores concesiones.

En otras palabras, un fracaso en la mesa de negociaciones no debilitaría la posición de Irán, sino que la fortalecería.
La cuestión del Líbano
Mientras las conversaciones están a punto de comenzar en Islamabad, el régimen israelí continúa bombardeando el Líbano, en flagrante violación del acuerdo de alto el fuego, tal como se describe claramente en la propuesta de 10 puntos.

Entonces, ¿por qué Irán no ataca a Israel mientras continúa su agresión contra el Líbano?

La respuesta es doble. En primer lugar, la condición previa para iniciar las negociaciones es el cese de los ataques israelíes contra el Líbano, y hasta ahora, dado que esta condición no se ha cumplido por completo, las conversaciones aún no han comenzado. Las negociaciones mismas han estado condicionadas al cese de las acciones militares israelíes contra el pueblo y la resistencia en el Líbano.

En segundo lugar, y desde un punto de vista más estratégico, lograr un cese duradero de los ataques del régimen contra el Líbano tiene mayor valor que un ataque con misiles iraníes.

Por muy poderoso que sea un solo golpe militar, no puede igualar el peso estratégico de un alto el fuego duradero que proteja al Líbano y consolide la posición de la resistencia.

Así pues, mientras las dos delegaciones se reúnen en Islamabad, la evaluación iraní ofrece una imagen clara de cómo percibe estas conversaciones, en las que la destacada delegación iraní está encabezada por el presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, e incluye, entre otros, al ministro de Asuntos Exteriores, Abás Araqchi.

No se trata de una negociación entre iguales que buscan un compromiso. Es una negociación en la que una de las partes sale victoriosa, buscando consolidar las ganancias de una guerra que ha ganado.

Se han establecido las condiciones previas. Se han trazado las líneas rojas. Y si no se obtienen los frutos de la resistencia en la mesa de negociaciones, la guerra continuará, una vez más en los términos iraníes.


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"Intensas negociaciones": Irán da a conocer detalles sobre el diálogo con EEUU


El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, informó sobre los aspectos más relevantes de las primeras tres rondas de conversaciones con la delegación estadounidense, que se llevan a cabo en Islamabad.

A través de su cuenta de X, calificó a las mesas de diálogo, cuya duración total fueron 14 horas, como "intensas negociaciones".

Estos son los puntos más relevantes del mensaje:

Se abordaron temas clave, incluyendo el estrecho de Ormuz y el programa nuclear.

Las conversaciones en Islamabad trataron sobre el levantamiento de las sanciones y el fin definitivo de la guerra.

El éxito del proceso diplomático depende de la seriedad y la buena fe de Washington, al igual que en evitar exigencias excesivas e ilegales y en el reconocimiento de nuestros derechos legítimos.

De acuerdo con medios iraníes, la cuarta ronda de negociaciones entre Washington y Teherán se llevará a cabo por la mañana, tiempo de Pakistán, sin precisar la hora.


Bibi enojado con España: libra “guerra diplomática” contra Israel


El primer ministro de Israel aseguró que su régimen enfrenta una “guerra diplomática” emprendida por España y avisó que responderá de inmediato con duras medidas.

En un vídeomensaje, divulgado este viernes, Benjamín Netanyahu ordenó la expulsión de España del Centro de Coordinación Civil-Militar (CMCC), el organismo internacional encargado de supervisar el alto el fuego en Gaza y gestionar la entrada de ayuda humanitaria en el enclave, en el marco del acuerdo alcanzado en octubre de 2025, aunque cuestionado por dirigirlo EE.UU. e Israel sin la participación de Palestina.

Esa medida —según alegó el primer ministro israelí— es una respuesta directa a la postura política de Madrid por “difamar a sus héroes, los soldados del ejército más moral del mundo”.

Netanyahu emitió su mensaje mientras las fuerzas israelíes bombardeaban el Líbano, sin previo aviso, lo que ha provocado una masacre de más de 300 muertos, desde el miércoles. 



HispanTV
@Nexo_Latino

 Consecuencias de los ataques del régimen si"**sta en Nabatia y Beirut en Líbano





“No voy a permitir que ningún país libre una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato por ello”, sentenció el premier sionista.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha acusado directamente a Netanyahu de violar los derechos humanos y de “desprecio por la vida” por continuar los ataques contra Líbano a pesar del alto el fuego de dos semanas entre EE.UU. e Irán.

Pedro Sánchez
@sanchezcastejon

Justo hoy, Netanyahu lanza su ataque más duro contra el Líbano desde que empezó la ofensiva. 

Su desprecio por la vida y el derecho internacional es intolerable. 

Toca hablar claro: 

- Líbano debe formar parte del alto al fuego. 

- La comunidad internacional debe condenar esta nueva violación del derecho internacional. 

- La Unión Europea debe suspender su Acuerdo de Asociación con Israel. 

- Y no debe haber impunidad ante estos actos criminales.

Sánchez insistió en que la Unión Europea (UE) debe suspender el Acuerdo de Asociación con Israel.
“No permitamos una nueva Gaza en Líbano”, reclamó.


El Gobierno de España ha sido uno de los más críticos con las acciones de Israel tanto en Gaza como en Líbano, y desde un principio ha declarado que la guerra contra Irán por parte de EE.UU. e Israel es ilegal según el derecho internacional, además de un error.




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