viernes, 6 de noviembre de 2020

Estados Unidos: Trump, el ganador autoproclamado



El presidente de EE.UU., Donald Trump, en la noche de las elecciones, en la Casa Blanca, Washington, D.C., 4 de noviembre de 2020. (Foto: AFP)

Publicada: jueves, 5 de noviembre de 2020 18:07

Elecciones presidenciales de EE.UU. es otro muestro de que existe violencia social, insultos y extrema polarización, entre otros caos, en este país.

El escenario electoral estadounidense, mostró la extrema polarización que vive Estados Unidos, que este jueves 4 de noviembre aún no define el ganador entre el actual presidente, el republicano Donald Trump y el candidato opositor Joe Biden del partido demócrata ante la necesidad de contar millones de votos emitidos por correo y que pueden cambiar el giro de esta contienda.

Una elección muy particular que ya se vislumbraba. Con insultos entre candidatos, amenazas de desconocer los resultados, acusaciones de fraude por los votos enviados por correo, violencia social: Aumento en la compra de armas por los ciudadanos, edificios tapiados para protegerlos de saqueos, miles de policías en las calles, manifestaciones en el mismo día de la elección, desconfianza en el proceso electoral, ausencia de misiones de observadores internacionales, para garantizar la transparencia de la elección presidencial. Declaraciones de penas del infierno del candidato a la reelección sino se contaban los votos como él pregona. Una elección que requiere aún definir algunos estados fundamentales.

Si habláramos de un país latinoamericano, africano, asiático o de las zonas más pobres de Europa los medios de información del mundo titularían “Elecciones Bananeras” a unos comicios como los descritos en el párrafo anterior. Un marco que obligaría a los gobiernos del mundo a desconocer un proceso, que no ha dado garantías de democracia, que organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA) la Unión Europea y líderes políticos exigieran una nueva elección con plenas garantías de transparencia donde las amenazas de desconocer, anticipadamente los resultados si no se es ganador, quedaran fuera. Donde uno de los candidatos acusado de poca transparencia en sus cuentas y pago de impuestos, el copamiento del poder judicial con nombres a su favor, implican una clara violación de exigencias básicas de una democracia limpia. Pero…el país del cual hablamos se trata de Estados Unidos y en ello el mundo y sus gobiernos, mayoritariamente, callan obsequiosos y se quedan con lo anecdótico, ciegos, sordos y mudos con la superpotencia, pero victimarios con el más débil.

Donald Trump, soberbio como siempre señaló previo al conteo final y ante una posible derrota ante el candidato demócrata Joe Biden, que dicho resultado no estaba en sus cálculos pues “ganar es fácil, perder, no. No para mí”. La batalla por el alma de la nación demócrata el grito de “vamos a ganar a lo grande” está vigente pero no con la grandeza anhelada sobre la máxima republicana de Make America Great Again y su idea de “vamos a hacer historia de nuevo” que está más cerca de este objetivo en una llegada final, que ha mostrado los desaciertos de las empresas encuestadoras que daban una ventaja de 7 puntos de Biden sobre Trump.

Un empresario como Trump avasallador, poco dispuesto a aceptar que otro tenga la razón y que al parecer puede seguir con sus maletas en la Casa Blanca sino hay un giro en los estados que aún faltan por contabilizar. Han sido cuatro años de una ruleta rusa, donde era difícil saber en qué momento se dispararía el revolver de medidas, sanciones, bloqueos y amenazas de Trump a la sociedad estadounidense y al mundo, que a pesar de ser destacado en ciertos análisis de no iniciar alguna guerra al estilo de administraciones anteriores, sí fue puntal de regímenes que siguieron con su política de agresión como el sionismo contra Palestina y países vecinos. A favor de la Monarquía saudí y su política de agresión contra Yemen y el apoyo financiero, militar y logístico a grupos extremistas que han agredido a Irak y Siria. 

Un Trump que ha agitado, como un avispero, la política exterior de Estados Unidos, destacando el mensaje y acciones de unilateralismo por parte de Washington ejemplificado con: el retiro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), quitar el financiamiento a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a quien Trump acusó de someterse a Beijing. Un Trump que no reconoce la Corte Penal Internacional y proteger a toda costa a sus dos grandes socios en Oriente Medio: el sionismo representado por la entidad israelí y el wahabismo, puntal ideológico de la Monarquía saudí. Ambas ideologías y sus expresiones de gobierno violadores de los derechos humanos de los palestinos, en el caso de Israel y de la población de Yemen cuando se habla de la Casa al Saud. Sin que estos actos hayan generado la más mínima decisión de sancionar a ambos regímenes. 

Ya de madrugada, el jueves 4 de noviembre, el camino de la victoria está abierto sostuvo Biden en el mensaje dado en Delaware, sede de su campaña, tratando de alentar a sus huestes en espera de los resultados en Georgia y Arizona. Tras este mensaje el candidato demócrata se fue a su hogar para esperar las palabras de Trump. Teniendo en cuenta que su rival republicano anticipó, que no reconocería a otro que no fuese él como ganador, pues en espera de los resultados en los estados del llamado cinturón de óxido, ha declarado que los demócratas cometerían fraude, llamando a la población a votar dos veces, tanto por correo como personalmente en una clara alocución ilegal. Un hombre que atemoriza al país al prometer una verdadera catástrofe si no es declarado ganador.

Trump El Autoproclamado

Y ese terreno de división Trump volvió a repetirlo a las 02:20 de la madrugada desde la Casa Blanca, rodeado de ruidosos incondicionales. Allí al son de canciones “patriotas” agradeció al pueblo estadounidense y destacó sus resultados en estados claves. “Gracias por votar por nosotros hoy a pesar que un grupo de personas muy tristes están tratando de afectarnos. Pero no lo vamos a permitir. Estábamos preparando para celebrar e inesperadamente todo ha sido cancelado. Ganamos Florida, el gran Estado de Ohio, ganamos Texas. Está claro que ganamos Georgia (a pesar que los resultados no están definidos). Estamos ganando también Carolina del Norte (tampoco definido). En Arizona tenemos mucha vida allí (donde el triunfo ha sido asignado a los demócratas). Estamos ganando Pennsylvania por una cantidad muy alta. Hemos ganado estados en forma muy amplia y sin embargo ¿qué pasó con los comicios? Esto es un fraude, es una situación vergonzosa para nuestro país. Hemos ganado esta elección y queremos que la ley se utilice de forma adecuada. Iremos a la Corte Suprema porque no es posible agregar boletas a las cuatro de la mañana”.

Fuimos testigos de un Trump haciendo caso omiso a la lógica de esperar los resultados finales, que se declaró el candidato victorioso de la noche. Invitado pro Trump a la testera el vicepresidente en ejercicio y compañero de fórmula para la reelección, Mike Pence, fue cauto y en sus breves palabras señaló que “estamos encaminados a la victoria” no habló de fraude como su jefe consciente que la acusación del presidente es de enorme gravedad y va a generar dificultades que pueden afectar aún más el crítico ambiente político y social que vive Estados Unidos, aquejado además por la pandemia del COVID-19, que lo tiene encabezando a nivel mundial el número de muertos y contagios. Un Trump que utilizando su arma preferida: los Twitter escribió “están tratando de robar las elecciones. Nunca se los permitiremos. ¡No se pueden contar votos después de que las urnas estén cerradas!". Un trino que la propia empresa advirtió que se trataba de un aviso engañoso.

Ya Joe Biden había anticipado la conducta del presidente, cuando en los días previos a la elección sostuvo que las amenazas de Trump estaban encaminadas a generar un caos social fuera cual fuera el resultado de las elecciones “dice y hace cosas como ningún otro presidente en la historia de Estados Unidos. Cosas ridículas, inapropiadas e ilegales. Es un hombre peligroso que socava la legitimidad del proceso democrático estadounidense”. Una idea ya explicitada el año 2016 por el diario The New York Times en un artículo titulado “¿Donald Trump constituye una amenaza a la democracia? cuando fue elegido presidente. Un hombre peligroso es la definición que muchos analistas, políticos e incluso un ex director de la CIA como John Brennan asignan a Trump.

Un John Brennan que además calificó de traición la reunión que Trump sostuvo con el presidente de Rusia Vladimir Trump en Helsinki en julio del año 2018. Brennan sostuvo ante medios de prensa que “nunca hemos tenido a nadie en el despacho oval que haya alimentado tanto odio en nuestro país y alimentado actividades que se están llevando a cabo. Cuando vemos el intento de secuestro de la gobernadora de Michigan Gretchen Whitmer. Así como acciones agresivas en las caravanas de apoyo a Trump donde el presidente, no sólo no las condena, sino que las alienta. Además hay indicios que no está preparado, para llevar aceptar una derrota electoral que tenga como triunfador a Joe Biden”. Un Brennan que además habla de conductas erráticas de Trump y que ha socavado el prestigio de los organismos de inteligencia, que además abusa de su poder y restringe la libertad de información.

La congresista demócrata de origen somalí Ilhan Omar, ante la autoproclamación de Trump alertó sobre el peligro de esta acción a través de un Twitter "Contar TODAS las papeletas no es lo mismo que votar. No puedes dejar de contar las papeletas. Esto no es una dictadura. Este hombre es peligroso”. En otro trino y apelando a su origen somalí la combativa congresista señaló “La ironía de preocuparse por que la gente convierta Estados Unidos en Somalia, mientras se permite que Trump haga literalmente lo que solían hacer los dictadores somalís. Despierta, está destruyendo todo lo que nos diferencia de otros países". Para la reelecta congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. "La prematura proclamación de la victoria hecha por Donald Trump es ilegítima, peligrosa y autoritaria. Cuenta los votos. Respeta los resultados". Para el senador por Vermont, Bernie Sanders, "Seamos claros. Esta elección no terminará cuando Trump diga que se acabó. Se terminará después de que se cuente cada voto. Eso incluye los votos por correo con matasellos del día de las elecciones, así como los votos militares. Esta es una democracia. Le guste o no a Trump, contamos cada voto".

Declaraciones, que son una muestra de una atmosfera radicalizada por la conducta de un presidente que no acepta otra realidad política que no la suya, en unas elecciones definidas como históricas y que aún están por definirse entre un Trump que anunció su nombre como ganador y del candidato demócrata, más sobrio, menos belicista y que había hecho un llamado a aceptar los resultados fueran cuales fueran los resultados. La atmosfera previa al cierre de la votación mostró el temor de la población donde las informaciones señalaron un aumento en la venta de armas y el cierre con rejas y armados de protección en negocios y edificios de oficinas y gubernamentales. El ambiente sigue enrarecido, agitado sobre todo por la irresponsabilidad de un Trump que afirma permanentemente que los demócratas le quieren robar el triunfo.

Según diversos estudios de investigación, entre ellas las del medio USA Today y la Universidad de Suffolk, “tres de cada cuatro votantes estaban preocupados por una potencial violencia postelectoral y sólo uno de cada cuatro estaba "muy seguro" de que habrá una transferencia pacífica si Biden derrota a Trump. Pero también han aumentado los temores sobre lo que pueda suceder ante la incertidumbre de que no se conozca un ganador en la misma noche de las elecciones”. Unido al informe del International Crisis Group, una organización que tiene como objetivo alertar sobre conflictos de carácter mortal en el mundo y que encendió sus alarmas sobre estas elecciones estadounidenses.

En el plano parlamentario esta elección significó que los demócratas obtuvieran mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado se mantuviera la diferencia estrecha a favor de los republicanos (faltando algunos miles de votos que pudiesen cambiar en algo el panorama en la cámara alta) lo que significa un equilibrio necesario para enfrentar lo que venga para los próximos cuatro años en un ambiente hiperfragmentado, polarizado y que necesita un control firme frente a una eventual reelección de Trump y una ofensiva antidemócrata ,que se dejaría sentir desde el primer día. Al cierre de este artículo Trump cuenta con 213 delegados y Joe Biden 220 para la presidencia. Los demócratas han elegido 237 congresistas sobre un total de 435.

Sea cual sea el resultado final de estas elecciones, la enseñanza es que las peleas hay que darlas, que las encuestas son unas herramientas bastante desprestigiadas, que los muertos que vos matasteis gozan de buena salud” aunque ello sea perjudicial para gran parte del planeta. Las cifras de apoyo a Trump muestran a un mandatario que fue capaz de enfrentar una campaña con sus peculiaridades y que ello le significará afianzar los estados donde había triunfado el año 2016 y disputar palmo a palmo la presidencia con el candidato demócrata. Los republicanos, que hasta antes de Trump habían contado con nombres más enmarcados en la definición de moderados, enrumban hoy su lealtad bajo la figura de un arrogante, un megalómano pero que los puede mantener en el poder.

Ya no están las voces que llamaban a la calma al partido republicano. Como lo hacía el fallecido ex Senador republicano y ex candidato presidencial el año 2008 John McCain quien se enfrentó en el seno del partido a la forma de ejercer la presidencia de Trump en aspectos tales como la inmigración donde señaló que la postura antiinmigrante de Trump “azuzaba a los locos”. Un McCain que criticó la conducta misógina del presidente estadounidenses y se opuso a eliminar el Obamacare, recibiendo como respuesta la negación del ex senador como héroe de guerra.

Sin embargo, los resultados entregados hasta ahora, para la reelección del presidente número 45 de Estados Unidos o la elección del número 46 han mostrado la cara fea de estos eventos, con un multimillonario, que ha hecho de su mandato presidencial una pasarela de vanidad, prepotencia y amenazas al mundo que no comulgaba con los objetivos de su administración de gobierno. En el plano interno, dividiendo el país entre “nosotros y ellos, en general aquellos Estados que no votaron por él en la elección anterior” y en el plano internacional enfrentándose a China Venezuela, Cuba, Norcorea, la Federación Rusa, la República Islámica de Irán e incluso con sus propios aliados cuando cuestionaban sus decisiones. Tal como aconteció en el caso del retiro de Trump del acuerdo nuclear, el llamado Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA por sus siglas en inglés), que había sido firmado el anterior presidente Barack Obama en el llamado G5+1: Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Gran Bretaña y Alemania, teniendo como contraparte a la nación persa.

La elección presidencial de este 3 de noviembre en Estados Unidos tenía mucho en juego. No sólo la clásica lucha bipartidista en este país, dotado de una democracia bastante particular, pues se trata de una democracia indirecta, donde el voto popular da paso a elección de colegios electorales que son los electores finales, 538 en total en el país, que son los que definen al mandatario de este país. Esto implica que en ocasiones, no infrecuentes, el ganador de la contienda no es precisamente el que obtuvo la mayor cantidad de votos de los ciudadanos, sino el que supero la valla de los 270 colegios electorales. Tal caso sucedió con Al Gore y du derrota en la disputa el año 2002 contra George W. Bush y el año 2016 con la derrota de Hillary Clinton ante Donald Trump, a pesar de los 3 millones de votos que favorecían a Clinton sobre Trump.

En esta ocasión, la población estadounidense acudió masivamente a cumplir su deber cívico, en forma extraordinaria con 100 millones de electores que anticipadamente emitieron su preferencia (65 millones por correo y 35 millones en los días previos a la elección en los lugares habilitados para tal efecto) y los millones que se movilizaron el martes 3 de noviembre. Todos ellos mostraron la cara de una contienda disputada metro a metro, que no termina aún de definirse. Trump cuyo apoyo esencial el año 2016 se vislumbró en la población principalmente blanca de lo que denominan el cinturón de óxido (por su proceso de desindustrialización) en Wisconsin, Indiana, Minnesota, Michigan, Ohio y Pennsylvania, con facciones ultraderechistas muy activas, que han ayudado a polarizar un país que favorece esas posturas radicales, el discurso de odio, los conceptos de orden y seguridad trató, con la defensa de valores conservadores , donde no importa apelar a esas consideraciones valóricas pero mentir a través de Twitter y con Fake News permanentes, que se convirtieron en su lanza arrojadiza en su agria disputa con la prensa y como proyectiles que generaban efectos mundiales.

Los Estados denominados mediáticamente Bisagras como Florida, Pensilvania, Ohio, Carolina del Norte y Texas se inclinaron mayoritariamente por Trump mostrando con esta decisión que Trump con todas las críticas que se puedan tener sobre él, los representa., que no los cansa la retórica agresiva de Trump y su empeño de dividir a la población estadounidense entre “ellos y nosotros”. Un Trump descalificador contra Biden a quien calificó de dormilón, títere de la izquierda radical), fracasado, cuestionando permanentemente su medio siglo de carrera política. Una población que representa al menos la mitad del país legalmente habilitadas para ejercer su voto, que mostró más adhesión que rechazo a este trato inusual y lenguaje ofensivo que surge desde el trumpismo en las elecciones presidenciales estadounidenses. Muestra de una campaña sucia por parte de Trump que no pudo evitar mostrar su rostro más execrable.

La ratificación del ganador aún no está definida y eso crispa el ambiente político y social estadounidense, con un Trump que ya se ha declarado ganador y que legitima con ello que sus huestes, muchas de ellas personas con decisión de salir a las calles armadas puedan generar un estallido de consecuencias imprevisibles. La ratificación del ganador desde el punto de vista legal será a mediados de diciembre y la juramentación el día 20 de enero del 2021 cuando se inicie el mandato número 46 de un presidente estadounidense, que puede ser el actual o un Joe Biden esperanzado en estrechar las diferencias que lo separan de Trump, tras un proceso electoral que se inició hace un año atrás, plagado de acusaciones de abuso de poder, tráfico de influencias, corrupción, nepotismo, sospechas de fraude, desinformación y manipulaciones como estrategia política. Un panorama que si se tratara de otro país debería obligar y exigir la presencia de misiones de observadores, para evaluar la transparencia de estas elecciones y exigir estándares de limpieza.

Hablo de transparencia y altos estándares como suele exigirlo, permanentemente, los Estados Unidos contra aquellos países a los cuales suele acusar de democracias imperfectas, poco diáfanas. Estados Unidos no tiene nada que enseñar sobre elecciones o procesos para la designación de un mandatario o representantes parlamentarios. La “mayor democracia del mundo” ha dado muestras de un triste papel. No se vio, escuchó ni hubo presencia del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) que tanto le gustan las luces televisivas y los micrófonos, cuando se trata de criticar a Bolivia, Cuba o Venezuela.

No hubo alertas de la Unión Europea respecto a la temprana declaración de Trump, autodenominándose como ganador, con todos los peligros que tales afirmaciones pueden generar en una sociedad polarizada. Los titulares de los principales medios occidentales no han calificado a la democracia estadounidense como una democracia de pacotilla o al menos muy alejada de lo que se les exige a otros, viendo la paja en el ojo ajeno pero no el tronco en el propio. Como se suele decir en jerga periodística “noticia en desarrollo”. Ello, en un país con 10 millones de contagiados y 250 mil muertos por causa del COVID-19, violencia racial, crisis económica, socialmente crispado, armado hasta los dientes y con millones de votos por correo aún por contabilizar.


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